Lo que el Doctor recetó…


Imagínate que padeces un serio problema de visión y decides acudir a la consulta del oculista.El médico, después de escuchar brevemente tu explicación del problema, saca del bolsillo sus gafas y te las entrega mientras dice con gesto solemne:
—Póngase usted estas gafas. Yo las he usado durante diez años y me han ido estupendamente.

Tú pones una cara de asombro mayúsculo, y el oculista, sin pestañear, añade:
—«No se preocupe, tengo otras en casa, puede usted quedarse con éstas.»
Con un escepticismo difícil de superar, te pruebas esas gafas y, como era de prever, ves aún peor que antes, y te quejas:
—«Por favor, ¿cómo me van a servir sus gafas a mí? Veo todo borroso.»
–«Oiga, haga el favor de poner más empeño», responde con gravedad el oculista.
—«Ya lo pongo, pero no veo nada», contestas ya al borde de la ira.El oculista insiste:
—«Sea usted más paciente y colabore, por favor. Tienen que servirle. A mí me han ido muy bien todos estos años.»
Finalmente te vas de allí, escandalizado ante semejante incompetencia, y el oculista —por llamarle de alguna manera— se queda pensando: —«Hay que ver, qué hombre más ingrato. No he logrado que me comprenda. Yo sólo pretendía ayudarle y… ¡cómo se ha puesto!».

Lo que este ejemplo pretende resaltar es que muchas veces, cuando damos un consejo a alguien, nos está pasando algo bastante parecido a lo que sucedía a ese oculista insensato.
Nos sentimos frustrados porque una determinada persona no nos comprende, o porque rechaza nuestros consejos, y quizá nos quejamos de que no pone interés en escucharnos.
Y en realidad el problema no es que a esa persona le falte interés, o le falten entendernos, sino que nosotros estamos equivocando el planteamiento, y esa persona no entiende lo que le decimos porque no hemos logrado antes comprender nosotros cuál es su verdadero problema: le estamos recomendando con vehemencia usar unas gafas que a nosotros nos van bien, pero a él probablemente no: tenemos que diagnosticar antes bien qué gafas necesita.
Es preciso primero comprender bien, para luego poder diagnosticar bien, y finalmente aconsejar bien.
Para poder ayudarle, parece importante saber cuáles son esas causas.

Hay una cuestión clave en cualquier relación personal: procura primero entenderle tú, y sólo después, procura que te comprenda él.
Si pretendes ayudar en algo a otra persona —sea tu hijo, tu cónyuge, tu padre, tu jefe, tu subordinado, tu colaborador, tu amigo, o quien sea—, lo primero que necesitas es comprenderle. A medida que lo vayas logrando, te será muchísimo más fácil que comprenda lo que tú querías decir o hacer (e incluso, quizá, después de haberle comprendido mejor, lo que quieres hacer o decir es ya distinto de lo que al principio pensabas).

Cada uno de nosotros observamos el mundo de diferente manera, la mayoría de los problemas se dan por suposiciones de lo que nosotros creemos que los demás piensan, es mejor preguntar y despues sacar conclusiones…
Gracias a pointgiven por la imagen…

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